sábado, 6 de septiembre de 2008

Sobre el mundial 06: Dame un talismán

Dedicado a mis amigos del club,
que sostienen que lo importante es jugar.


Una melodía compuesta por relatores gobierna el éter estos días. Una maraña de dichos, de comentarios, de alusiones al tiempo mundialista… Nadie puede escapar a menos que se convierta en un ser ermitaño. Somos presos alegres, capturados con nuestro consentimiento por goles livianos que nos tensionan. Escucho, en forma dócil y desatenta ese murmullo. Y siempre me detengo en lo mismo. El ruido que me hace el cruce entre el fútbol y el recurso tecnológico.

‘El espectáculo del fútbol’, dicen. Yo prefiero quedarme en lo que significa como juego, pero allí está, se impone la luz, la cámara, la acción, todo filtrado por esas cámaras omnipresentes, que en todo caso, son las que nos permiten ver ‘en vivo y en directo’. Aunque el vivo y el directo no deja de ser una ficción, hecha de complejas tramas.
El sábado, preparábamos el mate esperando el partido, y ya dos horas antes los periodistas entonaban exultantes como si en el segundo siguiente fuesen a cantar el gol. Uno de ellos dice: “Es un gran día para los medios de comunicación”. ¿Y eso? ¿Qué quiere decir? ¿Será que esta frase igualará al famoso ‘Este es un día peronista’? ¿No será un gran día para la gente, para el mundo, para los argentinos? Pero para los medios de comunicación… Un tanto retorcido y pretencioso, pero es un pensamiento que declara la gran intervención a la que estamos entregados.

Dos cuestiones respecto de la tecnología que hacen que me interrogue:
1- Hay un cartel por sobre las canchas de básquet, en el club donde voy todas las siestas, que dice: “Si no va a acatar las decisiones del árbitro, por favor, no entre aquí”.
Desde mi ignorancia, veo cómo todos los domingos, diversos periodistas deportivos, mancillan las decisiones de un árbitro desde el famoso Telebeen, que no deja de hacerme asociar con Teletubbie, desplazando inmediatamente los atributos atontados de esos muñecos balbuceantes a esa maravilla de la ciencia que permite medir milimétricamente si una sanción de una persona fue la correcta.
Lo que leo allí es que amparados en el anclaje tecnológico, la función del réferi se diluye. Porque en un tiempo posterior a una sanción que sabemos es irrefutable, el ojo preciso de la máquina, conspira contra la decisión del hombre.
La paradoja es: a favor de un principio de objetividad, de exactitud, de precisión, se desestima la práctica humana.
La desestimación del lugar de autoridad y sanción del réferi, es un caso particular de la desestimación general de cualquier autoridad. Lo vemos en las instituciones en las que transitamos. El lugar de eso que llamamos en el ramo la ‘función del padre’ como agente de un acto lescivo, intrusivo, traumático que tiene como consecuencia la libertad. El cartel que leo en mi club dice de esta conflictiva muy de la época en la que estamos metidos. Tuvieron que poner un cartel para avisar que el réferi está allí para distribuir sanciones sin la posibilidad de ser revocadas.
No digo autoritarismo, ni violencia, digo autoridad. El autoritarismo produce el efecto contrario a la libertad y a la posibilidad de un acto creativo. La crítica a la autoridad es una marca epocal, jamás diría que es perjudicial ni fuera de lugar. Lo que habría que preguntarse es si la intención de los periodistas es contribuir con la discusión, al establecimiento de una función más articulada a la época.
Sin embargo, la figura del árbitro, que representa sesgadamente la función paterna es la autoridad que debe ser respetada, no por capricho ni por obediencia ciega, sino como condición habilitante del juego.
Elizondo es el árbitro más respetado del mundial, porque sigue el juego, porque es correcto. Como lo fue Castrilli, en su momento, que curiosamente en su nombre lleva la marca de su función. Su rigurosidad, vapuleada, era la que permitía el juego, ¿o no se trata de eso? ¿De jugar? No de pegar ni de hacerse zancadillas… Algunos dicen que era el más respetado de los árbitros, por los jugadores, porque donde él dirigía no había lesionados.

2- La segunda cuestión es ese acto que selló Maradona en el ’94, cuando luego de la jugada se miró en la pantalla. Allí el ídolo se redobla mirando al ídolo en un ejercicio de espejismo propuesto por la mega pantalla. Se mira sabiéndose mirado. Perdiéndose como Narciso en el ojo de agua de su belleza aclamada por la hinchada. Imagen de ‘El Diego’ ajada unos segundos después cuando una enfermera tosca se lo lleva del brazo, para cortarle las piernas.
El ojo del sistema es la pantalla. ¿qué ves cuando me ves? corean los divididos. Es un ojo donde quedamos pasivizados, donde miramos en lugar de jugar. Un ojo tan terrible que ni el protagonista hiperprofesionalizado puede salirse del lugar de espectador.

Estamos divididos por esa creencia que nos deja ciegos. Creemos que nosotros miramos, pero ella, la pantalla, es la que nos mira. Mira a los jugadores, mira a los televidentes (algunos son teletubbies).
Creemos que conocemos el mundo por las imágenes que nos cuentan por la pantalla, pero son las imágenes las que condicionan nuestro ser.
Otro gesto de Maradona de acercarse a la cámara y gritar el gol rompe esa dialéctica. Reconoce que está siendo mirado, mira a la cámara. Pero todos supimos la significación de esa mirada: lo mira a Blatter, en el ojo de la cámara.

"El vértigo de la imagen no admite detención. Tiempos del flash, obnubilación sin consecuencias. El parpadeo como alas de acolibrí, se anula a si mismo. Y el ojo se hace omnividente. Para producir un goce, que no deja de responder a una estética: la del consumo" (Luis Camargo)

Vivimos todos ojeados, es esta idea de Merleau Ponty que dice que no somos nosotros los que miramos el mundo, sino que somos mirados por él. Ya no alcanza con la frase de Virginia Wolf que asiente: “¿Qué teme uno? El ojo humano”. Habrá que seguir aquello que dice Bioy Casares: “No perciben un paralelismo entre el destino de los hombres y el de las imágenes?”, y estar advertidos de lo que significa regocijarnos en las aguas de nuestra imagen sin manchas: el ahogo de quedar fuera del juego. Ahí no hay réferi que nos quiera dirigir… Vivimos todos ojeados, temerosos unos de los otros, yo me pregunto, ¿cuál será el talismán que enceguezca la omnividencia, y nos cure del ojeo? Bueno, dicen que el amor es ciego, ¿no? El apasionado amor por ese juego de la pelota, ese que nos hace cerrar los ojos llorosos para gritar un gol, es una de sus grandiosas versiones.

1 comentario:

Pablo dijo...

Ya le digo, Princesa, ya le digo... En todo esto pensaba yo cuando hace escaso tiempo estaba desgañitándome en un bar del Raval barcelonés, tras haberle ganado España a Italia en los cuartos de final de la Eurocopa, rodeando para más INRI de italianos e italo-argentinos... (Y eso que soy yo hombre de básquet).