viernes, 5 de septiembre de 2008

Andá a la esquina, a ver si...juegan

Dedicado a mis sobrinos: Tadeo,
Casiano, Juan y Carmelo, todos menores
de 10 años, que se encuentran
entramados en las vicisitudes de la tecnología.



Son dos fuentes de las que brotó esta reflexión:
Una es continua, reiterada. Y es escuchar a las madres que tienen niños menores de 10 años decirles ‘vayan un poco al patio, jueguen a la pelota, dejen la play’... tratando de sacarlos de la captura de una pantalla que se los traga, los inmoviliza, los magnetiza sin tregua.
Estamos hablando de los niños que pueden tener una play station en su casa, para pensar que hay un punto en el que también aquellos que tiene dinero para comprar cosas no están resguardados.
La otra fuente es puntual, lo que me hizo pensar sobre este muchacho que estuvo en las noticias en estos últimos días, que era un francotirador, sobre el que se discutía el hecho de ser inimputable o no. Para lo que fue internado en el Borda en pos de delinear un diagnóstico. Pero en el detalle que paré la oreja es en esto que decían con consistencia argumentativa: “Era adicto a los juegos de rol”. Como que este dato de esoterismo tecnológico explicaría su salida violenta.

Las dos fuentes rodean el tema de qué infancia se está gestando, si es que la hay, de qué subjetividades se cocinan cuando hay elementos tecnológicos que intervienen y hacen que la escena de la niñez sea diferente...
¿A qué atinamos frente a que vemos que la niñez se nos va de las manos? A comparar: “Niñez era la de antes”. Y creo también que el sentimiento más extendido es la perplejidad y de un inmediato un intento de explicación lúdica sentida como fallida de parte de los padres, los tíos, los abuelos. De lo que es jugar ‘realmente’, de lo que significa inventar un juego que surge de un fondo de aburrimiento (necesario para que el juego se produzca). De la espera, el aburrimiento, el aplazamiento de la ansiedad y su canalización, surgiría el juego.
Hay una película, otra vez de Tim Burton, que se llama Charlie y la Fábrica de Chocolate, donde presenta algo así como una tipología de la niñez contemporánea. Son cinco que se han ganado, comprando un chocolate con un boleto dorado, la posibilidad de conocer la fábrica de chocolate de Willie Wonka.
Hay uno de los niños que es el que nos interesa, lo precede un ruido infernal de ametralladoras, luego vemos que es él que está jugando a un juego en la pantalla, a un volumen impresionante. Su padres, descoloridos, lo miran a su lado, los periodistas lo enfocan. Él no deja de jugar, mientras habla y dice explicando cómo encontró el boleto:
“Rastree las fechas de manufactura, y compensé con el efecto del clima y de la derivada del índice de Nikkei. Un retrasado mental lo podía hacer”... A lo que su padre dice “La mayoría del tiempo no sé de qué está hablando. Y los niños actuales, con toda la tecnología... ”. “Muere, muere, muere”- grita el chico compenetrado en el juego (¿se lo dirá a su padre?) ... “Parece que dejan de ser niños pronto”- remata el progenitor. “Al final tuve que comprar un solo chocolate” “Y cómo te supo?” pregunta un periodista. “”No lo sé, odio el chocolate”.
El ejemplo muestra el gran desencuentro entre estas generaciones que juegan distinto. La bolita, la payana, la figurita, el yo-yo, son anécdotas entusiastamente repetidas por los padres, y olvidadas por los hijos, como una comida fast-food comida a mordiscones. Los chicos de hoy incorporan otras cosas. O mejor dicho, son incorporados por las fauces del juguete fast, que son tanto una pantalla como un juguete de plástico producido en cadena cuya pregnancia depende de una serie televisiva.
¿Hemos perdido la capacidad de jugar, tragados por esos juegos que no son juegos, desde el momento que ellos son los que nos comandan a nosotros, imponen nuestras rutinas, deciden nuestros tiempos, clausuran nuestra imaginación?
Y me incluyo, porque en los adultos también se ven cosas interesantes. En las grandes ciudades, o en esos lugares llamados countryes, que son como realidades artificiales, es donde estos fenómenos se extreman. Allí también se contratan animadores para las fiestas de los adultos...
Cuando ese objeto artesanal, que se convierte juguete por la imaginación infantil se torna objeto fetiche, es decir, cuando pasamos de aquello que tiene valor por el uso y la particularidad de una historia, a que el objeto sea valioso por lo que cuesta, sea valioso para tenerlo, la función del jugar como acto creador y posibilitador de la imaginación propia del mundo infantil se diluye.
Roland Barthes, semiólogo francés, en el 50 y pico, ya hablaba de este cambio en los juguetes contemporáneos, que se reconoce no sólo en las formas, sino en la sustancia en que está hecha, donde ha pasado de lo orgánico de la madera al plástico químico. Decía: “Ante este universo de objetos fieles y complicados, el niño se constituye apenas en propietario, en usuario, jamás en creador; no inventa el mundo, lo utiliza. Se le prepara gestos sin aventura, sin asombro y sin alegría. Se hace de él un pequeño propietario sin inquietudes, que ni siquiera tiene que inventar los resortes de la causalidad adulta; se los proporciona totalmente listos: solo tiene que servirse, jamás tiene que lograr algo. Cualquier juego de construcción, mientras no sea demasiado refinado, implica un aprendizaje del mundo diferente: el niño no crea objetos significativos, le importa poco que tengan un nombre adulto; no ejerce un uso, sino una demiurgia: crea formas que andan, que dan vueltas, crea una vida, no una propiedad. Los juguetes se conducen por sí mismos, ya no son una materia inerte y complicada en el hueco de la mano.” [1]
Porque antes lo que caracterizaba al juguete era su incompletud, el signo de su inacabamiento, y lo que producía su completamiento era la imaginación infantil.
¿Ustedes saben de dónde surge el juguete? Los primeros juguetes son producto de los restos que quedaban en los talleres artesanales, donde los oficios tenían su lugar. La madera, el hierro, las lanas y las telas. De lo que sobraba en los adultos los niños inventaban un mundo lúdico. Los juguetes de ahora también son el exceso de los adultos: son el efecto de una estrategia propagandística mundial, eficaz, homogeneizante. Se trata de otro exceso, que no es allí donde la mirada del adulto desaparece para que el niño pueda imaginar, sino donde está la mirada intrusiva de un adulto que pretende llevarse el botín imaginario de un niño que se pierde entre un mundo de objetos de plástico.
¿Qué hacemos? En verdad no tengo muchas respuestas. Creo que estamos frente a un acontecimiento que ‘nos está sucediendo’ y es muy difícil predecir sobre esto. La salida de la demonización no nos ayuda, tampoco plantear el tema con un tono apocalíptico. Estamos en un punto que no podemos predecir, pero si “decir”.
Decir ordena. Decir da elementos para que no quedemos comandados por el jueguete, y seamos nosotros los que dominemos el jugar, sea con el juguete que sea.
Dice Nietzsche: “La madurez del hombre es volver a encontrar la seriedad con la que jugaba cuando era niño”.
Niñez hay ahora como antes, aunque su forma de presentarse haya mutado, son las mismas preguntas que los atraviesan, con distintas palabras. Tienen los mismos miedos, aunque parezcan más resueltos, y necesitan la misma compañía de los adultos, aunque parezcan más independientes. y esperan el resguardo de sus palabras, para no perderse en este mar de ofertas, donde son ellos los pescados con el gran anzuelo de los objetos que brillan, y piden ‘más, quiero más’.
No podemos pre-decir, pero algo podemos decir. Procurar que en esta lógica del intercambio, una cosa por otra, podamos regalar. Que los adultos puedan donar palabras al niño, para que, en su adultez pueda decir “al don, al don, al don pirulero”... y cada cual, entre otros, atienda su juego. Si la mirada adulta es esa que sigue, apresada, la oferta del juguete completo, del juguete para guardar, del juguete para no jugar, entonces hará falta la VOZ adulta que retome ese dicho tan antiguo como la maña que lo produjo, que saque al niño de escena, que saque al niño de la pantalla, para que no sea ‘sólo eso’ la vivencia de su niñez, y diga: Andá a la esquina... a ver si juegan.

[1] Mitologías, México, Siglo XXI, 1980, pp 59-61.

3 comentarios:

Pablo dijo...

Uhm, es un tema complicado y muy interesante, pero no puedo estar de acuerdo con tu punto de vista. Creo que hay un mucho de melancolía en este discurso y un poco de desconocimiento de estos "nuevos juguetes". Yo soy de la primera generación de las consolas: a los seis años me pusieron encima un ordenador y no me lo he quitado desde entonces, pero eso no quiere decir que no jugara con Tentes y Legos o que me encantaran el tenis, el baloncesto y la bicicleta. No voy a negar que, si se les deja sueltos, los niños tienden a pasar demasiado tiempo con la Play (y con el Cartoon Network y con las pizzas y las hamburguesas y con cualquier otra cosa que pueda proporcionar un placer "inmediato"), pero presuponer que todo vídeo-juego es, para entendernos, "malo", es reduccionista y erróneo. Sí, a los medios de comunicación les encanta dictar que los jóvenes psicópatas están influidos por tal o cual juego de rol, pero antes de eso estuvieron "Rambo", el western, los cómics, las drogas o el rock. Hay muchos estudios que afirman que los vídeo-juegos fomentan la imaginación, la habilidad manual y la comprensión de nuevos lenguajes, y además pueden ser buenos vehículos sociabilizadores... Pero claro, eso no vende en las noticias. Todo es bueno con moderación, que dicen los sabios.

P.D.: y hay algunos juegos que son verdaderas obras de arte, lo juro.

Luisina dijo...

Muchacho, en verdad tendría que rever mi posición, no se trata del instrumento, sino de cómo se usa, no?
Ya vendrá un escrito más atinado.

Pablo dijo...

Puede ser, Princesa, puede ser. Usted es muy intelectual y yo muy bruto. En cualquier caso, estoy dispuesto a rever sus posiciones todo lo que haga falta...